16 dic. 2010

Buenos Aires, 23 de enero de 1811


(De Carlos Barbarito)

La luz se hace a medias, no sin esfuerzo. Pero, igual, viaja por el aire del atardecer hasta el cristal de la pequeña ventana. A medias ilumina el cuarto donde, alguien deja registro de cuanto, con perplejidad y asombro, más allá de la maleza, la ceniza y la bruma del presente, ve. ¿Qué es lo que ve?
Ve hogueras en una extensa y desolada planicie, una madera cubierta de sangre, cabezas separadas de los cuerpos, apurados besos de amantes entre caballos a puro galope, flores y navajas, manos que acarician o se cierran para ser puños apretados, muros y jardines. Ve filos, bordes, huecos, nudos, festones, astillas, rescoldos, óxidos, cintas, reflejos, Ve perfiles que aguardan agazapados, bocas a las que se les arrancan confesiones, sábanas tendidas, lastimaduras, azadas que golpean la tierra, tormentas, desiertos y aglomeraciones, pueblos incendiados, gentes en éxodo, el agua y el vino, espigas, barnices, cabelleras, cometas. Pero hay algo que no consigue vislumbrar del todo, su propio destino. ¿Acaso lo conoce su esposa, que prepara las maletas en silencio, con el rostro ensombrecido? Antes de ser convocado a bordo, escribe una misiva que duda en hacer remitir: “Hoy tengo el corazón oprimido y algo sombrío me acongoja. Simulo una despreocupación incierta. El que esto escribe no se me asemeja”.
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Imagen: Mariano Moreno en su escritorio.
Texto tomado de Grageas 2, Ediciones Desde la gente, Bs. As., 2010.