12 dic. 2010

Buenos Aires y los talleres barriales de historia oral


(De Mercedes E. Míguez)

¿Qué es la historia oral? Simplemente historia, más allá de cualquier calificativo. Su particularidad radica en el uso de testimonios orales, pero sólo los que son producto de la interacción entre el historiador y el informante, quien va desplegando sus recuerdos dentro del marco de la entrevista.
Todos sabemos que la transmisión oral es previa a la escritura, pero cuando hablamos de historia oral, nos estamos refiriendo a una metodología de investigación que surge a mitad del siglo XX y se va desarrollando con el auxilio de la psicología, el psicoanálisis, la sociología, la antropología. Su razón de ser es la intención de “dar voz a los que no la tienen, a los excluidos de la historia tradicional”.
Tres aspectos fundamentales de esta metodología están absolutamente interrelacionados y no pueden separarse: oralidad, entrevista y recuerdo.
La oralidad es la desplegada en el contexto de una entrevista programada y preparada de acuerdo al tema que se quiere investigar. Esto supone un trabajo previo, tanto en relación a conocimiento de todas las otras fuentes disponibles, como a la elección de los informantes adecuados y a los aspectos que no puede dejar de ser abordados, ya sean expuestos en forma espontánea o inducidos por el investigador.
Hay una interrelación entre entrevistador y entrevistado. El historiador desempeña un rol activo pero no introduce respuestas, ni interviene con sus opiniones, ni limita el despliegue de recuerdos del informante. Su forma de escuchar es crítica, atenta a lo dicho y a lo no dicho, a las lagunas del relato y a las contradicciones. Permite que el informante estructure su discurso, pero pide aclaraciones, pregunta y repregunta y lo puede hacer porque conoce el tema. Lo que no conoce y sólo el entrevistado puede informar, es cómo él, integrante de un grupo o una comunidad, vivió determinadas circunstancias, los efectos que le causaron, cómo reaccionaron y qué sentimientos y motivaciones despertaron ciertas conductas.
El recuerdo apela a la memoria, tema controvertido si se lo relaciona con la historia. Como fuente oral, su validez no está en discusión. Los no interiorizados en esta metodología hacen cuestionamientos sobre subjetividad, fallas de la memoria e imposibilidad de abordar lo colectivo a partir de lo individual.
Pero la memoria, al conservar determinadas informaciones, remite a un complejo de funciones psíquicas, por las cuales el hombre está en condición de actualizar impresiones e información del pasado, comprender y producir ideas, transmitir experiencias y definirse a sí mismo. Ha sufrido la influencia familiar, barrial y socio-cultural en que ha vivido y vive y encarna de manera única e irrepetible los valores, modas, costumbres, mitos del orden familiar, grupal, social que los incluye en un contexto no estático, sino afectado por contradicciones, rivalidades y tensiones de sus miembros.
El recuerdo colectivo presupone y se expresa a partir del recuerdo individual. Josef Yesushalmi en “Los usos del olvido”, diferencia memoria de recuerdo. La memoria sería aquello que permanece esencialmente ininterrumpido, en cambio el recuerdo sería la reminiscencia de aquello que se olvidó. Cuando habla de memoria colectiva se refiere a un pueblo que recuerda un pasado activamente transmitido a las generaciones contemporáneas y que se recibió cargado de un sentido propio. La memoria así definida, no incluye un cúmulo de fechas, acontecimientos, referencias, sino que habla de tradiciones, ritos, valores, mitos, símbolos, creencias que dan a un pueblo el sentido de su identidad y su destino.
La historia oral no reemplaza a los documentos; ambos se completan y complementan. El historiador no busca en las fuentes orales datos, fechas, etcétera, que puede encontrar en documentos escritos. Pueden aparecer en el testimonio oral, pero no es lo que se busca.
La confiabilidad de un informante no pasa por olvidos y errores de información pasibles de ser constatados, sino por la presencia de olvidos “significativos” que dan cuenta de valores, prejuicios, creencias del contexto grupal, social, cultural de pertenencia. Esos son los que el historiador tiene que analizar.
Vale como ejemplo un hecho del taller realizado en Parque Chacabuco. En su transcurso fue surgiendo como elemento emblemático del barrio el parque: “El más grande de América – el más grande del mundo”. En el relato de los participantes se perfila como unificador del espacio barrial, lugar de pertenencia y encuentro. Los recuerdos se relacionan con épocas de progreso, seguridad y bienestar donde el parque era representado como un espacio pleno, sin fisuras, donde no falta nada: confería orgullo a la identidad barrial.
La estatua de un puma era un elemento importante, símbolo propio y distintivo. La construcción de la autopista que lo atravesó, derrumbó casas y obligó a la emigración vecinal y ese corte fue vivido como una herida en ese orgullo barrial.
Los vecinos asociaban temporalmente la construcción de la autopista con el retiro de la estatua y ambos, con el advenimiento de un tiempo nefasto. Lo cierto es que la autopista fue construida por el gobierno militar, pero el retiro de la estatua lo fue durante el período democrático anterior.
Este “error” de todos los integrantes del taller, pierde riqueza si sólo es visto como una falla de la memoria, en lugar de ser leído con otra significación. Nos dice cosas que no aparecen en el relato. El quiebre del mito barrial, donde el puma simbolizaba al parque como referente de identidad y del pasado como de un paraíso perdido.
Hemos intentado explicar aquí una nueva metodología. El documento, el libro, la fotografía, el plano, el diario y la historia oral se van conjugando entre sí para hacer más comprensible el pasado, tarea que siempre estará incompleta y por ello siempre abierta a nuevas miradas.
No podemos ni debemos simplificar. Pensar en la historia oral como recopilación de anécdotas conmovedoras o nostalgiosas es simplificar. Hacer historia oral es hacer historia.
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Imagen: “El yaguareté”, escultura de Emilio J. Sarniguet emplazada en el Parque Chacabuco; el “puma” al que se refiere esta nota. (Foto: M.A.F.)
Trabajo tomado de la revista Historias de la ciudad, Nº 3, marzo de 2000.