16 dic. 2010

Casa sin puerta, ventanas sin nadie


(De Rubén Derlis)

En la numeración impar del comienzo de la calle Prometeo –estrecha, breve, arbolada– dos altas persianas de hierro sellan a la luz y los ruidos callejeros la vida de las ventanas. Nadie puede acceder a esta casa, y si en ella alguien habitó alguna vez, no pudo salir, o salió y ya no logró entrar. No hay puerta, y por carecer de ella la casa no posee numeración. Por lo tanto cabría la posibilidad de que las aberturas que vemos, en realidad no existan, y sólo sean imágenes pretéritas, olvidadas por el tiempo en su premura por llegar a hoy; fragmento que el antes abandonó en su huida al pasado, ya que el tiempo posee un desván en algún lugar del universo donde guarda todos los entonces, como nosotros guardamos viejas fotografías en una caja; la diferencia está en que uno vuelve a ellas, pero él jamás lo hace porque es refractario a la nostalgia.
Los balcones de hierro –sin vuelo para remontar al  art noveau; tímidos de ángulos y rectas para el art déco–, impresionan por su perpetua sed de verde que no saciaron; nunca se vio allí al sol desvestir un malvón hasta el sonrojo, retorcerse a una santa rita por las cosquillas de la hiedra. Tampoco la cornisa –despojada de ornamentos– tiene en su altura una mínima adherencia vegetal, allí donde la delicadeza de los musgos ponen a resguardo su verdor delicado y sensitivo. Los sólidos rectángulos de los  voladizos, embriones de balcones en alto que no fueron, acostumbrados a un altercado de intemperie con lluvias y vientos, muestran en sus desgarraduras descarnadas la mordida herrumbre, que es el alimento de los días.
En la trajinada vereda de baldosas avainilladas, la suma de los años del trío de árboles que monta guardia con prolija simetría a esta insólita fachada, no llega a la edad que  tiene su mutismo, su secreto inviolado y antiguo.
Hubo puerta una vez, no puede ser de otro modo;  siempre es necesaria una puerta para abrir una ventana. Acaso estuvo a la vuelta de la esquina, sobre Quesada, donde este Prometeo porteño y coghlense se travistió  para transformarse en calle íntima y nacer para deleite de los vagabarrios el penúltimo día de diciembre 1925.
Tal vez esa puerta ahora inexistente abrió su cancel a un zaguán de mayólicas con frescor de verano, cuando las veredas eran sobresaltos de ladrillos flojos y en las calles de tierra apisonada el sol opacaba su furor alargando el desperezo de la siesta. Entonces esa puerta no diferenciaba a esta casa de las demás, ya que por ella se accedía a esas aberturas convertidas ahora en su propia negación: ya nadie puede abrirlas, entornarlas, cerrarlas, se han metamorfoseado en antiventanas. Y es esta contundencia de ventanas muertas  lo que hoy le otorga a  este frente gríseo y desleído su carácter, su identidad.  
Aunque su volumen ocupa un espacio, se puedan tocar sus anfractuosidades, los percudidos mármoles de los alféizares, las despintadas rejas, o sentenciar con graffiti las paredes, siempre la sensación que queda es que tales cosas no han sucedido en el plano de lo real, sino que –viajando por un sueño que sin embargo no soñamos– hemos transitado dentro de un cuadro onírico de Giorgio de Chirico, cuyo título podría girar en torno del no ser de esta casa.
Pero allí está –habitada de entonces, de ecos mudos de voces que fueron, de gestos vueltos a la inmovilidad,  de recuerdos que le son propios e ignoramos– única y singular como nuestros pasos nocturnos, cuando agrietan el espejo de silencio que envuelve a Prometeo, en diálogo secreto, callejero, íntimo.
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Imagen: Frente de la casa de la calle Prometeo al que se refiere la nota (Foto Rubderoliv, 2002).