4 dic. 2010

El violín en la bolsa


(De Mario Sabugo)

Semana tras semana –en un aluvión ya que no zoológico, por lo menos tipológico–, enormes bandadas de arquitectos, prearquitectos, protoarquitectos (éstos impulsados por sus talleres de diseño), postarquitectos en incluso tardoarquitectos peregrinan fervorosamente hacia el flamante prodigio de Medrano 170, casi Díaz Vélez, en cuya presencia –según dejan traslucir los iniciados– algo así como a la manera San Genaro-napolitana, entrarían en completa licuefacción los arrugados parámetros de la Viejarquitecturantigua, o Neovieja. ¡Miracolo-a-Medrano!
Ni más ni menos que un edificio de departamentos, puesto a pasos de la esquina, al lado de una torre vidriohormigonada más habitual –paleofuncional–, vecina igualmente de otras construcciones menos complicadas. Stop.
Orientado Este-Oeste y presentado en una túnica ladrillera que no deja de favorecerlo, el edificio aborda la temática supertipológica de la propiedad horizontal introduciendo algunas variantes dignas de mención. Entrada centralizada (aunque la puerta, con sus dos barras simétricas verticales, no declara para qué lado abre); hall también simétrico en varias alturas, con una escalera “imperial” y columnas blancas y grises; portería en el primer piso; algunos dúplex en el tope; y –sobre todo– una impresionante sala de máquinas sobre la terraza oriental, resuelto en forma de cuarto de esfera.
A esta altura, finaliza el listado “gags”, porque las variantes tienden a desaparecer cuando se llega al diseño de las unidades. Las jubilosas canciones acerca de las “tipologías” o las “soluciones permanentes” encuentran allí su verdad última y –en ella– todos sus defectos, todos sus “misfits” (como se los llamaba en otro artículo): el tamaño de sus ambientes y sus circulaciones, la relación con los “aire y luz”, la cantidad crítica de roperos y depósitos, y demás aspectos suficientemente detectados, estudiados y diagnosticados en los departamentos, aunque todavía sin mucha terapéutica adecuada.
Ahora bien: los problemas no sólo son los de siempre, sino que, para peor, resultan incrementados por la aplicación del “estilo”.
En los “tres ambientes” a la calle, en sus livings, aparecen curiosos pares de cajas vidriadas de 0,40 de profundidad que dificultan toda disposición de muebles, elevan a nivel de enigma la posición de las cortinas y difícilmente sirvan como balcones. Se comprende: los balcones en voladizo arruinan la bidimensionalidad del plano de fachada; en otras palabras, calzan mal con Andrea Palladio.
En los “dos ambientes” del contrafrente (los que por otra parte, deben usar el ascensor que es “de servicio” para los del frente), notables y gruesas columnas cilíndricas prepotean en livings de 3 por 5; columnas, que, de no tener connotaciones “clásicas”, guillotinarían de inmediato a cualquier proyectista de barrio que se atreviera a proponerlas. Planteando, evidentemente, al que amueble, un grave desafío, o más exactamente, arrojándolo a los leones. Como es lógico, todas estas travesuras espantan a las señoras más sensatas y disgustan a los arquitectos maduros.
En síntesis, el “estilo”, además de inflar el precio, agrava al enfermo. Estilo que, siendo un poco “triste” (un poco “todomodernista”), un  poco trágico, un poco “de temporada otoño-invierno”, no proviene para nada de mejoras en la calidad o en la forma de vida en los departamentos. Claro que, como simple “estilo”, no hay razón para censurarlo (“que florezcan mil flores”)…; más aburrida, todavía, sería la ciudad sin la “mélange” que la distingue.
La arquitectura del Miracolo-a-Medrano… (arquitectura también “panchomodernista”, ya que J. F. Liernur le ha extendido su nihil obstat)…, arquitectura venida al mundo –ensimismada y neofuncionalísima–  en algunos gabinetes de Postmodernópolis (N. York); luego entrada en “clinch” con la temática de la propiedad horizontal; finalmente ha culminado: ya sea respetando-demasiado-una-tipología, tal vez confundiéndola con un monumento; ya sea haciendo-caso-omiso-del-problema (y entonces toda crítica es improcedente, pero también lo es el edificio); ya seas transitando por fachadas, paliers y terrazas, pero deteniéndose –impotente o perezosa– ante la puerta de cada departamento, metiendo violín en bolsa ante la envergadura del problema, de las condiciones y de las circunstancias. Cambio y fuera.
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Imagen: El edificio de Medrano 170, al que se refiere la nota.
Material tomado del libro: La ciudad y sus sitios.