17 dic. 2010

La cara oculta del jazz en Buenos Aires


(De Carlos Inzillo)

La Argentina y en especial (aunque no sólo) Buenos Aires fue desde siempre un ávido receptáculo de la creación de toda la música universal.
Apenas comenzó la expansión del jazz desde sus fuentes originales, prendió aquí. Hoy día existe un generoso movimiento que presenta dos facetas: una pública y una íntima. Esta otra cara del jazz es la que nuclear a los músicos en sitios privados por el solo placer de tocar.
Escribió al respecto el etnomusicólogo argentino Néstor Oderigo: “La jam-session es una reunión que efectúan los músicos de jazz después o fuera de la hora de labor con el objeto de ejecutar para su propio deleite. En ésta suelen crearse las mejores expresiones de la música sincopada, toda vez que priva en ella una atmósfera de absoluta independencia, pues los miembros de estos conjuntos, ocasionalmente constituidos tocan lo que desean, sin tener en cuenta ningún factor ajeno a la más pura creación artística”.
Haciendo un poco de historia, el recordado arquitecto y baterista de los magníficos “Hot Jammers”, Juan Duprat, uno de los más entusiastas asistentes a las jam-sessions, expresó: “En 1942 estábamos ya todos haciendo causa común con el jazz. La época de las grandes jam-sessions había comenzado.
Sólo una memoria sobrenatural podría recordar las innumerables veces que nos reunimos. Cualquier lugar era bueno para hacer 'pizza', hasta la Costanera, donde en el 'Bosque Alegre' sacábamos los instrumentos del auto y tocábamos al aire libre. Naturalmente, había sitios más adecuados, entre los que se llevaba las plumas el departamento de los hermanos Quintana. Era un ambiente de 9 metros de largo, con contrabajo, piano y batería, más discos a montones. En las legendarias reuniones que se hacían invitábamos a los contados músicos extranjeros que aparecían por nuestra ciudad y a nuestros amigos profesionales. Una 'pizza' con Pierre Allier y Eugene D’Hellemmes duró aproximadamente siete horas y trescientos cigarrillos…
En el departamento de Enrique Villegas se hacían también unas reuniones de garra. Aunque su vivienda no era muy grande, encontrábamos suficiente lugar removiendo y apilando las innumerables hojas de música que hay e incluyen todo lo hecho de Bach a Stravinsky. Pero finalmente todo se fue esfumando”.
Hasta 1948, en que Carlos Tarsia, frustrado contrabajista platense y excelente persona, puso a disposición su departamento de la calle Ayacucho al 2100, justo en la bajadita.
Religiosamente cada miércoles y domingo, a las ocho de la noche, comenzaba las reuniones que tuvieron como habitués a músicos de la talla de “Pipo” Troise, Rodolfo Puetz, “Chivo” Borraro, “Coco” Pérez, “Fats” Fernández, “Negro” González, Rubén Distasio, “Pichi” Mazzei, Norberto Machline y tantos otros.
El clima y la ambientación eran prototípicas de las sesiones jazzísticas; piano vertical, denso humo de cigarrillos, whisky a voluntad, cuello de camisa con corbata desanudada, cómodos sillones (a veces ocupados por atractivas fans) y gran calidez humana.
También desfilaron por ahí integrantes de las bandas de Count Basie y Duke Ellington hasta toda la sección rítmica de Sarah Vaughan…
Muchas veces los encuentros se prolongaron hasta bien entrada la madrugada con finales de comentarios futboleros y mesas de generala con tapiz verde incluido. Tarsia era el anfitrión perfecto y disfrutó mucho de las mismas; (falleció en 1985, tras haberse radicado en Rosario por amor).
A veces tomaba alguna copita de más y lo más gracioso que se le recuerda es que, una mañana, alrededor de las nueve y antes de acostarse se asomó a la ventana del cuarto piso y vio elefantes desfilando por la calle Ayacucho. Creyó asustado que tenía delirium tremens y estuvo a punto de llamar a la asistencia pública, hasta que divisó a payasos y equilibristas tras los paquidermos, promocionando con bombos y platillos al Circo Sarrasani, que se había instalado en las vecindades de Retiro.
Al fin, recuerdos de un tiempo de bohemia, que fue abriendo paso al jazz en sus distintas vertientes, generando la adhesión de muchos porteños, continuándose en las nuevas generaciones que incorporaron esta forma musical a las propias de nuestra urbe.
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Imagen:  Enrique “Mono” Villegas (Foto tomada de elperseguidor.com)
Material tomado de la revista Historias de la ciudad, Nº 4, junio de 2000.