9 dic. 2010

La mística dicha del Jardín Japonés


(De Luis Alberto Ballester)

Las obras de los hombres suelen reflejar sus más trascendentes deseos y aspiraciones: el mundo y el espíritu representan un idioma  que el ser humano descifra.
Los jardines participan de ese universo. Son como un símbolo creado directamente con los elementos de la naturaleza: en ellos crece el misterio, los interrogantes ante una realidad incontestable y a la vez velada.
El jardín, ubicado en los bosques de Palermo, fue donado a la ciudad de Buenos Aires por la colectividad japonesa, y se inauguró en 1979.
Una simbología poética y mística se desprende de este quieto jardín, que alberga también la fugacidad del agua de su lago. Observándolo, el paseante sensible se adentra en el compás rítmico de lo que es. Rocas irregulares, de una descarnada comunicatividad, hablan de lo duradero, de lo permanente. Pero este sentimiento se quiebra, irónicamente, al contemplar el agua del lago, rizada por el viento, que nos confiesa que impera la fugacidad. Como dijo Buda: "El verdadero dolor reside en que todo es impermanente". El agua es surcada por los destellos dorados y rojizos  de los peces, es atravesada por senderos de madera o de piedra de donde el transeúnte puede observar el paisaje desde distintos ángulos. Cobra, entonces, una inusitada riqueza.
Un puente curvo lleva a una isla alomada, sobre la que reina la beatitud de la soledad, flanqueada por un farol japonés de piedra. Los árboles susurran con la brisa: el paseante sabe, al mirar el jardín, que debe colocarse más allá de los pares de opuestos, más allá de lo durable y lo efímero, en un estado que alcance el “satori”. El poeta y monje budista japonés Basho confesó en un luminoso poema de diecisiete sílabas, un “haiku: “Hasta una choza puede convertirse en este tornadizo mundo en una casa de muñecas”. En el recinto vegetal, en el que cada elemento es un símbolo sutil del hombre, nace  una visión religiosa, que une al hombre con lo que lo rodea. Es efímero como el agua que corre y cambia, pero volcado hacia lo perdurable, representado por la piedra. Su destino reside también en la armonía de la belleza. Un golpe suave de su presencias y el hombre alcanza la “iluminación”, un estado de paz por donde se navega por el todo, lejos del dolor, de la enfermedad, de la vejez.
Mientras estamos en el Jardín  Japonés estas existencias brotan para desaparecer. Esta calma arriba como un viento que después es brisa, y luego serenidad y silencio.
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Imagen: Foto tomada de la página web: enlamaleta.es
Texto tomado del libro: Revelación de Buenos Aires.