24 dic. 2010

“Trinitas Quadrata”


(De Rafael E. J. Iglesia)

Cuando en 1580 Juan de Garay, “abriendo puertas a la tierra”, fundó Buenos Aires, determinó que su traza, tal como lo mandaban las ordenanzas de Felipe II fuera ortogonal “a regla y cordel”; determinó también que se llamase Trinidad.
Al enclaustrado rey de España lo aconsejaba su arquitecto, Juan de Herrera, quien trazó cuadrado al Escorial. Cuadrada fue la piedra fundamental del palacio, donde el propio arquitecto cinceló algo en letras góticas. Sólo en el cuadrado, decía Juan de Herrera, se encarna el ser; porque es figura que nace de la multiplicación del número por sí mismo. No es extraño entonces que las ordenanzas que el rey dictó con el consejo de su arquitecto, mandaran que el “ser” de las ciudades americanas naciera de un cuadrado generador, el de la Plaza Mayor, de la que saldrían las calles “a los cuatro vientos”; centro cuadrado desde donde la ciudad se configuraba.
Siglos antes de Cristo, Hipodamo de Mileto reconstruyó su ciudad según una trama ortogonal, de presumible origen pitagórico. La ciudad hipodámica tenía cuerpo cuadrado y alma trinitaria; se organizaba con tres clases de ciudadanos; en tres porciones territoriales, con tres tipos de leyes penales. Polis tríptica, ciudad cuadrada.
Desde más antiguo viene una tradición de ciudades ortogonales, que se continuó con  los asentamientos romanos de conquista, con las bastides francesas, con la ciudad damero (Cretiá) que en el siglo XIV imaginó el franciscano Eximenie; con el campamento-ciudad que los reyes católicos levantaron frente a la condenada (y tortuosa) Granada islámica.
Es probable que Garay no conociera el caudal tradicional al que se sumaba ni que se sintiera instrumento de una creación armónica nacida de la unión del cuadrado y el triángulo. La tríada se desvaneció frente al soplo de los (buenos) aires. La cuadrícula dio origen a numerosas esquinas, mundos que se desparramaron por el mundo. El cirujano mayor urbanista Le Corbusier despreció la trama ortogonal y abominó de ella. La forzaron los trazadores de diagonales, las que la ratifican en el plazo pero la destruyen en la vivencia cotidiana. Ulyses Petit de Murat se lamentó de su existencia en Belgrano; Ezequiel Martínez Estrada acusó a los españoles de faltos de imaginación por ella y por ella Alfonsina Storni darramó (¡ay!) lágrimas cuadradas.
Otros la aceptaron sin más; Borges vio nacer a la ciudad en una manzana (cuadrada) de Palermo; Dardo Rocha , falto de un modelo europeo más seductor dejó (o hizo que) La Plata naciera a golpes de escuadra de 45º dados por Pedro Benoit y sus colegas (faltos de un modelo más fácil).
¿Buscaban todos ellos, de la mano fantasmal de Pitágoras, la esencia y la armonía de las cosas que nacerían del número cuadrado?
El primer principio pitagórico se refería a lo limitado versus lo ilimitado. La ciudad del uno multiplicado por sí mismo, cuadrada como quería Juan de Herrera (tan cuadrada como la vio descender del cielo el evangelista), sería un territorio limitado, opuesto al desorden de lo ilimitado (el caos). Pero Buenos Aires, gracias a su cuadrícula, perdió sus límites, tal como lo preveían las ordenanzas reales: “dejando tanto compás abierto que, aunque la población vaya en crecimiento, se pueda siempre proseguir en la misma forma”.
Esta ilimitación ha hecho perder la cohesión urbana; bien decía Pitágoras que el crecimiento sin límite (informe) no podía ser armónico. Reconstruir límites es quizá la tarea más urgente del urbanismo; pero estos límites no serán cualesquiera, sino aquellos que fijen las vivencias, los mitos, las conductas, los rituales, las actividades y las memorias del grupo humano que habite cada sitio.
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Imagen: Primer escudo de Buenos Aires.
Trabajo tomado del libro La ciudad y sus sitios, CP67 editorial, Bs. As., 1987.