15 dic. 2010

Un edificio abandonado y una novelita macabra


(De Fernando Sánchez Zinny)

Las Heras y Azcuénaga, no lejos de la Recoleta. Un extraño edificio ruinoso diseña una anacrónica imagen “gótico-civil” en medio de las indiferenciadas construcciones de la zona: viejos departamentos con toques afrancesados, otros racionalistas, otros modernos e inexpresivos a secas, otros más nuevos en los que se aproxima la configuración en torre. ¿Qué hacen ahí esas ojivas y arquitrabes, esos muros sucios de ladrillo sin revocar que acumulan verdín  y hasta malezas, e infinitas palomas resguardadas en los recovecos?  Una Europa medieval -pero demasiado deteriorada para ser turística- duerme en gris sopor como para recordarle a ese enclave bacán  las ilusiones cosmopolitas de una Buenos Aires extinguida.
Es -absurdamente, dado su estado-, una de las sedes de la Facultad de Ingeniería de la UBA, pero los todavía preservados vitraux dan un indicio sobre cuál fue su destino inicial: una y otra vez aparecen en ellos esa mujer de ojos vendados que sostiene una balanza. En efecto, el edificio se construyó para albergar a la Facultad de Derecho, que allí funcionó a partir de 1925. La inacabada obra la ideó Arturo Prins, arquitecto entre uruguayo y argentino nacido en 1877, al que cuyos viajes de perfeccionamiento al viejo continente habían imbuido de afección por los refinamientos y ostentaciones de las culturas entonces apetecidas. Esa tendencia era coincidente con la de muchos en aquel tiempo y ello hizo que los planos de su propuesta “faraónica” fuesen aprobados y  las obras respectivas  comenzaron en 1912.
Debían abarcar la entera media manzana que definen las calles mencionadas junto con Cantilo y Pacheco de Melo, pero nunca se terminaron. La construcción resultó especialmente cara por la necesidad de incorporar numerosos elementos importados y las dificultades en el aprovisionamiento derivadas de la Primera Guerra Mundial la demoró enormemente. Hacia 1925 hubo una inauguración con sólo la mitad del edificio erigido, para peor sin revocar y casi privado de la decoración prevista. Para 1930 la construcción se detuvo del todo e inquirida la razón algún funcionario alegó que había fallas en la estructura y que estaba en riesgo su estabilidad. No era cierto y la prueba es que aun hoy ese esbozo está perfectamente en pie, sin que haya mediado la menor reparación y aunque el mantenimiento brille por su ausencia. Pero la versión corrió junto con otra asimismo falsa y además truculenta: desesperado por su fracaso, Prins se habría suicidado, novelita clásica de Buenos Aires que todos alguna vez hemos escuchado, sin que nadie pudiese dar mayores datos al respecto.
Nadie pudo haberlos dado, porque Prins -que fue un gran arquitecto y uno de los fundadores de la Academia Nacional de Bellas Artes- murió tranquilamente en su casa en 1939. Tampoco jamás se presentó estudio o dictamen alguno acerca de eventuales errores en el cálculo de resistencias previsto por el proyecto que, por lo demás, no preveía extremos de altura excesiva. Lo único cierto es que después del prolongado abandono la superficie de ladrillos a la intemperie se ha mineralizado y resultaría hoy imposible adherirle revoque.
Fue una maldad; aunque poco funcional para el criterio de nuestro tiempo, el edificio hubiese sido un hermoso exotismo del que estaríamos orgullosos. Pero, en fin, no había plata, los gustos y favoritismos cambiaron, las envidias y emulaciones ya estaban inventadas y lo que hubo de ser no fue: más valdría que la piqueta le ahorrase a la ciudad la cruel ironía de que en una obra inconclusa y desechada cursen su carrera nuestros aspirantes a ingenieros.
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Imagen: Edificio de la Facultad de Ingeniería en la avenida Las Heras al 2200 (Foto de la página: turismoenba.wordpress.com).