8 ene. 2011

Un momento del primitivo “El Japonés”


(De Josefa Rúa de Tortorella)

Nací en la avenida La Plata 678 cuando era bulevar,  tramo final de la avenida San Juan, hace muchísimas primaveras, y durante toda mi vida estuve en esta zona, salvo un al igual que elcorto tiempo que pasé en Caballito, pero aquí enfrente no más, en la parte que es frontera con Boedo; actualmente vivo en Independencia al 4300. Boedense de toda la vida.
Mis recuerdos del café “El Japonés” vienen desde muy lejos, desde el nacimiento del mismo, y ha corrido tanta agua bajo los puentes, como quien dice, que si algunas cosas pueden ser difusas en mi memoria, otras en cambio están tan patentes como si hubieran ocurrido ayer no más.
 Cuando el café abrió sus puertas corría el año 1918; estaba al lado del que tiempo después sería el cine “Alegría” y mucho más tarde el “Select Boedo” (1). Cuando inició sus actividades ya existía el “Dante” (2) –que creo que es de 1908 – y no recuerdo si “El Aeroplano”, que cambió varias veces de nombre y que ahora esperamos ver  reciclado  (3).
Mi padre, José Rúa, que era español, siempre tuvo la locura de los cafés, porque le gustaba el bullicio y la camaradería que había en ellos; así que a la edad de 30 años, más o menos, se asoció con cuatro japoneses de los cuales sólo recuerdo el nombre de uno: Nakamura. Por lo tanto mi padre resultó ser el único gallego de la nueva entidad comercial.
No sé si después los hubo, pero en “El Japonés” primigenio –el que recuerdo de cuando era niña–, no había ni naipes ni billares. Donde en ese entonces se jugaba fuerte era en la casa “Balear”, según contaba mi padre; desde allí, cuando abandonaban el tapete, iban a “El Japonés” a descansar de tantas emociones fuertes frente a un pocillo de café. No pocas veces se encontraba entre los concurrentes a estas mesas de  juego, alguno de sus socios…
De la mano de mi madre solía ir por las tardes a visitarlo al café, en una rápida pasada en nuestro invariable paseo por Boedo; no era cosa tampoco de detenerse mucho, pues en esos tiempos a los cafés sólo iban los hombres. La noche que no trabajaba, en la cena a veces comentaba con mi madre acerca de personajes más o menos conocidos entonces que habían pasado por el café: el actor Pedro Zanetta –que formaba compañía con Rosario Serrano– y José González Castillo, el padre de Cátulo, entre otros.
Una noche  cuando volvía a casa por Estados Unidos, que era su recorrido habitual, fue asaltado por dos ladrones que le salieron al paso desde la oscuridad; pero uno de ellos lo reconoció, y mientras bajaba el revólver le dijo al otro: “¡Pero no, che, que es el gallego Rúa!”.  Le pidieron las disculpas del caso y se alejaron. Seguramente mi padre también los conocía, porque a no pocos malandras que andaban por el barrio muchas veces los invitaba con un café con leche o un capuchino para hacerles más llevadero el hambre; además, ahora creo que también lo hacía como una manera de protección. En 1925 mi padre vendió su parte societaria y poco después se instaló con otro café –no podía con su genio– en la esquina de Estados Unidos y Quintino Bocayuva.
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(1) Actualmente allí se encuentra un supermercado. (N. de la R.).
(2) En este solar hoy hay una pinturería. (N. de la R.).
(3) Posteriormente se llamó “Nippon”, luego “Canadian”. No hubo tal reciclado: se demolió la vieja edificación y allí se levanta hoy el café-show “Esquina Homero Manzi”. (N. de la R.).

Imagen: Una simple taza de café.
Este trabajo proviene del libro colectivo Pasión de Boedo Aires, edición de Boedo 21 Realizaciones Culturales, C.A.B.A., 2000.