2 feb. 2012

Apellidos, nombres y gente juguetona


(De Fernando Sánchez Zinny)

Alguna vez escuché decir –lo que me merece crédito sólo relativo– que el más añoso de los burlescos paranomásticos porteños es baratieri, cuyo sentido no necesita de explicación y que tiene evidente origen en el apellido de un poco afortunado general italiano, Oreste Baratieri, batido por los etíopes a fines del siglo XIX, tras haber tenido su cuarto de hora en cuanto a notoriedad. Esto le valió entre nosotros –en testimonio del entusiasmo patriótico de tantos conterráneos suyos entonces avecindados aquí– que unos cuantos comercios importantes llevasen su nombre, entre ellos un famoso salón de lustrado de zapatos: el “General Baratieri”.
Como certezas  precisas no pueden existir a propósito en estos arrabales del saber, tal atribución en cuanto a que sea el más antiguo jueguito antojadizo en relación con apellidos hay que tomarlo con beneficio de inventario. Lo que sí es cierto es que en Buenos Aires esa costumbre de utilizar, con intención más o menos risueña o irónica, o grotesca, apellidos italianos en reemplazo de palabras españolas de núcleo similar, arraigó especialmente hacia esa época, lo que no es de extrañar porque a la sazón la ciudad estaba repleta de tanos, y ese hábito, en realidad, es y era universal, sin perjuicio –y esto ya en tren de dudar de la precedencia de Baratieri– de que en Buenos Aires desde setenta años atrás, de José Antonio Wilde, publicado en 1881, se ubique a mediados de los años veinte de esa centuria a un usurero víctima de asesinato, cuyo apellido era Misereti, lo que si no es tremenda casualidad, resulta revelador anticipo.   
Además, sabido es de sobra, esa abundancia de gente itálica, por lo común pobretona, daba ocasión a que los criollos la inmiscuyesen en toda clase de pullas, resumidas muchas en el trazo grueso del sainete, género acorde con un estado de ánimo vigente con seguridad ya antes de la mítica existencia de Antonio Cocoliche y de la probada del militar Baratieri; sin ir más lejos, lo acredita una narración de algo que se atribuye haber ocurrido de la Buenos Aires sitiada de 1880: Los italianos decididos por el bando porteño habían formado una legión cuyos integrantes, según suele suceder en casos por el estilo, eran más voluntariosos que disciplinados hombres de armas. Una noche se oye fuego de fusilería desde del reducto de ese cuerpo. Gran alarma en toda la línea, pero averiguado el motivo de los disparos resultó que se le había tirado a unos perros merodeadores.
Al rato, suenan nuevas descargas y era, esta vez, que un centinela se había asustado. Al tercer o cuarto alboroto, la jefatura despachó al lugar al coronel Julio Dantas, en la presunción infundada de que sabía italiano. Éste, desde lo alto de su cabalgadura, se dirige a la plana mayor legionaria con palabras que no por tener una introducción halagadora resultaban menos vejatorias: Bravi bersaglieri –les habría dicho–, non tirati tanti tiri al pedi!, traslación a un incipiente cocoliche de la formal orden de entrar en economías de munición y sofocones.
Ajustada la partitura a ese diapasón emocional, es comprensible que Baratieri fuera tomado por esos años en solfa, y que el eximio Paganini se convirtiera en santo patrono de todos los dispuestos a levantar muertos. El procedimiento es siempre igual: vale el comienzo del apellido; así “Locatelli”, “Solari”, “Finoli”, “Torterolo” (por tuerto), “Tettamanti”, siendo la atracción de la desinencia itálica tan grande que hasta se inventan apellidos que remedan los rasgos de ese origen para expresar ciertas afinidades, como “Fayutelli”, “Zurdeli”, “Morfoni”, “Figureti”, “Dureli”, “Arrugheti” y “Justeli”, este último (junto con Finoli) pasible de un manejo retórico sumamente peculiar: “justeli, justeli” se dice (o bien “finoli, finoli”) para precisar, mediante la reiteración, la exactitud del rasgo descripto. Mucho más próxima, prácticamente de ayer, ha sido la aparición de “Checonato”, por cheque, adaptación que constituye un homenaje lingüístico a Carlos Cecconato, memorable Nº 8 de Independiente allá por los años 50, a lo que hay que sumar, todavía, las formas sacramentales del tipo de “¿qué me Contursi?”, o “se tomó el Olivieri”, o el Olivari, el Oliveri.
Pero cuidado, que no todo ha venido de la bella Italia. La deformación hispano-criolla también tiene representación profusa lo que hace suponer que el fenómeno responde a costumbres culturales anteriores a la migración en masa de italianos hacia el crisol de razas local: “Anchorena” es un retacón; “Amigorena”, un amigazo; “Bejarano”, un jovato, y podríamos seguir con “Durañona”, “Cortina” y “Escasany”. Aunque más característico de lo que se vincula con la vertiente idiomática castiza es el muy frecuente uso de nombres de pila con idéntica finalidad caricaturesca, punto en el que venimos a confluir en la machacona tradición española, secularmente empeñada en tramar chascarrillos a costillas de quienes se llaman Casto, Cándido, Simplicio, Pío, Benigno, Inocencio, Robustiano, etc.
 Pero hay un sesgo de acentuada picardía entre nosotros, al jugar –como en el caso de los apellidos– con la paranomastia, o sea la similitud fonética: “Cayetano” equivale a callado, “Valeriano” es un vale, “Cornelio”, un ídem. “Patricio”, pato, en el sentido de pobre, y “Paulino”, pavo, en el sentido humano, nombres sobre los que caben sendas reflexiones: la moderna difusión de Patricio y Patricia, ha derivado, en ambos géneros, en el sobrenombre “Pato”, al fin y al cabo curioso regreso a las fuentes. En lo que toca a “Paulino” como pavo, supone la persistencia de la originaria confusión entre la “u” y la “v”, lo que nos remonta a la Edad Media. 
Justiniano pide asimismo la reiteración, igual que en las cocolicheadas anteriores. “Diego”, por 10, seguramente ha sido proyección idiomática del esplendor maradoniano y “Emilio”, por e-mail, es cosa hispánica apenas aclimatada en el Plata.
El horizonte en el que se destacan estas deformaciones está definido por ese humor ácido e irreverente que prospera de antiguo en  Buenos Aires, y que pugna por hacernos quedar bastante mal, aparte de entrañar un sinnúmero de vía crucis personales, como el que viven las  personas que se apellidan Verga, problema al que se afronta con un gesto de sonriente elegancia. Variantes de este matiz hay muchas, en las que la discreción se contrapone a la socarronería, según ilustra aquello de la reunión en la que un señor, con insistencia de hipnotizado, no dejaba de observar cierto escote. Como la dama, con serlo, no era un dechado de delicadeza, optó, sin más, por tomar el toro por las astas.
–Perdón, creo que lo conozco: usted es de apellido Miranda.
El caballero, con serlo muy cumplido, no por eso era particularmente circunspecto y se apresuró a corregirla: –Señora, se confunde usted... No, no, mi apellido es Bertetas; de nombre  Aquilino: Aquilino Bertetas…,  servidor.
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Ilustración: Pochita Morfoni, personaje de historieta de Divito (Ilustración tomada de la página todohistorietas.com.ar)