1 feb. 2012

Puertas de Buenos Aires



(De Juan Chaneton)

Puertas altas como torres. Puertas anchas como playas desiertas. Maderamen añoso y ahíto de secretos que fueron escena presenciada y que ya nadie develará. Materia noble, clara u oscura, incrustada de nácares o leprosa de manchones de orín y mohos centenarios.
Gruesas tablas que exhibieron la tierna intimidad familiar u ocultaron costumbres deleznables.
Linajudos cedros; robles que miraron sin ver un pasado heroico que era presente allá cuando el siglo de Rosas moría; nogales y algarrobos exornados con bronces bruñidos en forma de picaportes, pomos, timbres, campanillas, llamadores o de meros adornos. Y en la propia madera de las puertas, talladas por manos que no han dejado rastro, cabezas de faunos, motivos florales, exquisitos arabescos, todo muy español, muy francés, muy british, incluso, y en un estilo que va del frailero español al clásico imitación renacentista, al del siglo de los “Luises” y del imperio o al simple madeincasa de la época, todo ello en hierro forjado o sin forjar, en cobre y en plata, que no en oro, demasiado ampuloso para exhibir en una puerta, casi obsceno habría sido.
El espectáculo, grato por cierto, se ofrece al caminante porteño, al provinciano o al turista, en Defensa 219 / 221, barrio de Monserrat, a dos cuadras de la Plaza Mayor. Es la sede del Museo de la Ciudad y guarda esas puertas que pertenecieron a las mansiones de las mejores familias de la ciudad, ya que las peores contaban con unos cerramientos de los que no ha quedado testimonio pues, como se sabe, la plebe nunca tiene nada que legar a la posteridad -salvo el recuerdo de su miseria y el de su estremecido rencor- mucho menos puertas, o ventanas, o inodoros, o “bacinillas”, estas últimas de apelativo “escupidera” para el vulgo y que también las hay en el mentado Museo.
Rezuma historia este reservorio de muebles momificados. Pero es más interesante cuando se alcanza a percibir que también incita a una especie de reflexión entre artística y filosófica.
La puerta, ¿es puerta en razón de su materia o en razón de su forma? Pareciera que las puertas son tales en la medida en que su forma las hace tales. Son puertas por su forma, no por su materia. Ésta es substancia en potencia. En cambio la forma es substancia en acto. Materia y forma. Potencia y acto.
El dictamen opuesto nos dice que la puerta es puerta por su materia y que la forma es mero accidente. La forma sería algo así como la “anomalía” de la materia. Pero la forma no puede existir si primero no está la materia.
Avanzamos un poco más en la reflexión que ha disparado en nosotros el espectáculo de la calle Defensa 219 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, denominación, ésta, más burocrática que poética (la poesía, como no se sabe, aparece cuando la filosofía no alcanza; llega donde ésta no puede; sigue adelante cuando aquélla se rinde; avanza cuando la otra desfallece; revela lo que la otra no ve; es vecina inmediata del Absoluto, en cambio la filosofía vive con él casa por medio).
Y decimos: habrá, entonces, una substancia anterior y engendradora, común a todas las cosas que vemos, incluso las puertas. ¿Existe la substancia de la materia y la substancia de la forma? La materia y la forma existen. Y no hay nada que exista que no tenga su substancia, por así decir, su “alma”. Tanto el afiliado a la causa como materia o a la causa como forma, esto es, tanto el que cree que la materia es la causa de las cosas como aquel que opina que lo es la forma, ambos han de reconocer que ni materia ni forma serían materia y forma si no hubiera una substancia de la cual nacieron.
De lo anterior deriva el aserto de que antes de la substancia debe de haber, todavía, una “substantia” sustancialísima porque si no, la substancia de la materia y de la forma no existiría. Nada existe sin que haya sido creado. Y quien ha creado esa substancia de las cosas sensibles (las que percibimos con los sentidos) es… Bueno, aquí arribamos a un parte aguas que denominamos dualismo o monismo.
Las puertas que atesora y exhibe el Museo de la Ciudad Autónoma son viejas pero no tan viejas como la filosofía, esa que tiene como uno de sus capítulos el propósito de desentrañar esa críptica dicotomía que los técnicos en el arte de filosofar han denominado monismo versus dualismo.
El tema, aquí, sigue siendo la substancia y no es demasiado complejo. Las cosas del mundo tienen una substancia común, que les da origen, que es el ente, el ser o como quiera que se lo llame. Es la substancia de este mundo, por así decir. Es la substancia común a todas las cosas, incluso al hombre. Es la substancia contingente, inmersa en el devenir del tiempo y cuyo destino es la corrupción y la muerte. Pero a esa substancia la creó otra substancia mayor, mejor y excelente de una excelencia no humana. Esa substancia es la substantia divina que, en tanto creadora, es distinta de la otra. Hay, pues, dos substancias. Esto es el dualismo.
El monismo, en las antípodas, nos viene a decir que una substancia que nadie ve, que nadie conoce, que está más allá y a la que, por añadidura, hay que temerle, no es substancia sino mera entelequia. La divinidad se manifiesta en el Universo, es el Universo, es la naturaleza y es todas las cosas y todos los seres humanos. Esa substancia divina es el Uno porque contiene dentro de sí todo el ser y es todo lo que puede ser. Una cosa particular, en cambio, es todo el ser pero no todo lo que puede ser. El monismo, así, es panteísmo, esto es, todo es Dios, Dios se manifiesta permanentemente y a la vista de todos en el Universo infinito y en todo lo que existe en él y con él y siendo él. No hay distinción y mucho menos separación entre Dios y Universo. Deificación del Universo infinito. Universalización infinita de Dios.
Panteísmo de la substancia (Spinoza-Bruno) y panteísmo de la razón (Hegel). Las puertas de la calle Defensa 219 existen porque Dios es causa de todo. Incluso del trabajo humano en lucha contra la tierra que es el que verdaderamente parió esas puertas de la calle Defensa 219. El trabajo humano produjo las puertas de la casa del presidente Juárez Celman, que pueden verse en el Museo de la Ciudad, negras, altas como torres, con faunos esculpidos por algún eximio carpintero que no ha dejado descendencia. Los obreros no tienen nada que hacer en la historia.
¿Qué pretendía ocultar detrás de aquellas puertas la buena sociedad de su época? ¿O no pretendía ocultar nada sino mostrar? Las puertas antiguas del Museo de la Ciudad duermen un sueño aparente. En realidad no duermen ni se dejan mirar. Son ellas las que nos miran. Cuando vivían, constituyeron el paso entre lo exterior y lo interior. Como ahora también están vivas, siguen vinculando lo interior a lo exterior. Su exterioridad de bronce y de madera noble dispara sensaciones interiores que son pura vorágine en ebullición y sin punto de fuga. Hay puro in-put. No hay out-put. La entropía llevará al mirante a l’éclatement, al estallido… No hay otro modo de evitarlo que alejándose. Pero también esto: ¿para qué alejarse? La calidad de la emoción no debe tolerar la represión de la razón. Pero igual el mirante se aleja.
Y piensa mientras se aleja. Si esas puertas de la calle Defensa 219 de la Ciudad de Buenos Aires, domicilio real del Museo de la Ciudad, en vez de ser exhibidas al paseante fueran pintadas por un artista, ¿serían puertas más reales o menos reales? El hombre que ha mirado las puertas y que ahora se aleja de ellas piensa, al instante, que serían las mismas puertas. La misma cosa manifestándose bajo otro modo de ser.
Ahora irrumpe la pintura, no ya la filosofía, como herramienta para la deconstrucción de las puertas. Formas, colores y estructuras, aparentemente arbitrarias, componen una obra de arte porque el artista no ha agregado nada a su modelo sino que él ha pintado lo que ha visto. Esas exoticidades que suelen ser motejadas por los críticos como “pintura abstracta” no tienen nada de abstracto ni de exótico. Al pintor le parece que emanan de la cosa que está pintando. Las ve. No reproduce la realidad sino que la hace visible, como decía Paul Klee quien nunca supo que Juan Damasceno, en el siglo VIII, se había despachado con idéntico aserto: “… la misión de la pintura es hacer visible lo invisible”.
Si el pintor pintara esas puertas de la calle Defensa 219 se vería tentado, en caso de tratarse de un verdadero artista, de tomar por el atajo del monismo del espacio. Fundiría, tal vez, lo exterior con lo interior. Éstos, ambos, serían uno. ¿Cómo? Mediante el uso del color. Si Matisse, en vez de perpetrar “La ventana azul” hubiera hecho “La puerta azul”, el resultado habría sido el mismo: interior y exterior negados en su diferencia. En el cuadro de Matisse, recurso cromático inspira la sensación de que lo interior pugna por salir hacia ese “afuera” que se parece tanto al “adentro”; o, más bien, parece que no hay ni exterior ni interior sino sólo una única narrativa pictórica: la del color. El artista ha logrado, así, que las puertas y las ventanas no puedan ocultar y tengan que mostrar. Ha convertido la opacidad en transparencia.
¿Qué lujurias imitadas, compradas y obscenas escondían aquellas puertas de la residencia de Juárez Celman?
¿Y las de la familia Giraldez? ¡Qué puerta, dios mío! Vale la pena mirarla y dejarse mirar por ella, sin que importe lo que ocurría en el interior de aquella vivienda de familia de tan noble prosapia y abolengo. Estaba enclavada en la esquina de Córdoba y Esmeralda y fue construida en 1864. Declarada de interés público, fue demolida en los ’70, pero todos los aditamentos, puerta incluida, le correspondían, por ley, al Estado, que la reclamó y cuando la fue a buscar ya alguien la había robado y se la había llevado a la casa Guerrico, lugar de remates al que solían, a lo que parece, fluir joyas de procedencia ignorada. El caso es que el Estado se quedó sin puerta Giraldez hasta que un buen día alguien de la familia llamó para donarla. Lo contó, en 2004, el arquitecto José María Peña.
Podríamos discurrir largo en el discurso y acucioso en el detalle acerca de las puertas que alberga este museo. No lo hemos hecho así y ello ha sido deliberado. Escribir y jugar es lo mismo. Mucho más -ya hemos explayado este concepto más arriba- cuando los sentimientos que suscitan las imágenes justifican este dejarse desbordar por la emoción atando pies y manos de la razón para que ésta duerma mientras aquélla se entrega a parir monstruosidades, como esta que acaba de leer, caro amigo.
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Imagen: Esquina de Alsina y Defensa, en cuyos altos se halla el Museo de la Ciudad. (Foto rochester-hotel.com.ar)
Material tomado del sitio Buenos Aires Sos.